
Él es Juan López. Tiene 78 años, casado, dos hijos. Ha vivido siempre en Isla de Maipo, y ha dedicado, como el mismo deja en claro, toda su vida a repartir el diario.
Aunque su rostro puede parecer el de un hombre que ha sufrido, connotando pena o amargura, lo cierto es que es todo lo contrario. Juan ha sabido vivir y disfrutar de las cosas simples, y aunque confiesa que no le agrada mucho levantarse temprano todos los días del año, ya se ha acostumbrado. Además, "alguien tiene que hacerlo", dice.

Son las cuatro de la mañana con cuarenta y dos minutos. Juan ya está en la oficina de El Mercurio de Talagante, esperando a que le entreguen los darios que deberá repartir. Ahí también hay cinco hombres más y una mujer. Sólo ella goza de juventud, los demás tienen de sesenta y cinco hacia arriba.
Conversan, se ríen, se cuentan historas. Parece que son amigos hace mucho tiempo. Reunirse con ellos todas las mañanas es una de las cosas agradables de este trabajo.



Ya son las cinco de la mañana con cincuenta y cuatro minutos. Todos los diarios ya están dentro del Citroen de Juan. Es hora de comenzar el recorrido, encontrarse con el sueño, el cansancio, la neblina y los perros guardianes de cada casa.

Luego de repartir todos los diarios, Juan se va a su segundo y principal trabajo. Hace cincuena y cinco años este hombre creo una librería llamada "El Abuelito". Un negocio pequeño pero muy completo que vende desde helados y bebidas, hasta sacapuntas y por supuesto, diarios.
"El Abuelito" ha sido el sustento económico de Juan durante toda su vida. Gracias a este negocio el ha podido salir a flote, mantenerse bien, y ser conocido en todo el pueblo como el abuelito.
Pero si la eterna compañía de su mujer no estuviese siempre para apoyarlo, la historia posiblemente sería distinta. Es, en el "boliche" y no en la casa donde conviven la mayor parte el tiempo, viviendo su matrimonio.
Parece ser entonces que el trabajo de diarero es más un gusto personal que una necesidad. Por lo menos eso es lo que se puede ver cuando conversa y se ríe con sus amigos repartidores, día tras día, a las cinco de la mañana.